lunes, 11 de julio de 2011

The Ilithiologist (7): Proscrito

The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
 2milX, Gusama

The Ilithiologist (El Ilitiólogo): personajes, nombres, ilustraciones, logotipos, isotipos, imagotipos, historias, diálogos, el relato, así como sus características y toda indicia relacionada son, a menos que se indique lo contrario, propiedad de Gusama Romero. Se permite compartir, copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente la obra sin fines de lucro; debiendo reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor. No se permite la alteración, transformación ni obras derivadas sin consentimiento previo. Las historias, personajes e incidentes son ficticios por lo que cualquier parentesco con la realidad es meramente coincidental o simulado. Los personajes por su carácter imaginario no son ni humanos, ni dioses, ni hombres, ni mujeres, no tienen edad ni cualquier otro atributo; sólo son efigies de ello, por lo que su comportamiento e ideología no corresponden a la realidad ni pueden ser condicionados a ella. Advertencia: El contenido puede ser perturbador para cierto público sensible por lo que se recomienda discreción y amplio criterio. Hecho en Hiperbórea. 


The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
Capítulo 7: Proscrito
Por Gusama:

Regreso al origen, a la cuna de la civilización, la lejana hiperbórea. Durante días vivo de presas, carroña y una inmensa cantidad de agua; aunque en realidad puedo sobrevivir largos periodos de tiempo sin alimento, de hecho soy casi inmortal. Mis heridas sanan rápidamente, mi piel es gruesa y mis huesos son muy duros. Poseo una gran velocidad, recorro kilómetros en minutos. Mis oídos y olfato son altamente sensibles (por lo que casi no escucho música estridente y me alejo de los fumadores).

Mientras me paseo por los hielos eternos, cazando focas y osos polares (soy quizá el único lobo de la región que se atreve a tal acto), escucho el aullido de alguien conocido llamándome; es de mi manada, al menos a la que pertenecía antes de decidir andar solo.

—Conviértete en persona, Pedro, sé que hace frío, pero tengo una fogata; además, quiero ver tu linda cara humana —me dice Daleth, mi hermana, mientras me introduzco en su cueva.

—Aun sin pelaje nuestra temperatura es mayor que la de los humanos, pero me gustó tu pretexto —mi lamida se trasforma a beso en su mejilla.

—Tengo algo de ropa allá atrás, por favor no preguntes su origen; espero que algo te quede —sonríe y me lanza una mirada fisgona.

Me dirijo a buscar vestimenta y le pregunto a qué se debe que me haya seguido, cuando soy todavía un proscrito.

—Porque te amo Pedro, eres mi hermano. La familia no puede estar separada mucho tiempo…

—Aquí es donde añades el «además» —susurro con ironía, emulando su dramatismo, ella frunce el ceño.

—…Además, alguien amenaza uno de nuestros territorios y hace estragos a los habitantes, más allá de lo permitido. ¡Oh, esos pantalones te quedan bien!

—¿Y qué tengo que ver con sus territorios y leyes? —ahora me pongo una colorida camisa hawaiana.

—Esa camisa no te va —enfatiza con gesto de desaprobación, pero no debería hacerlo, su cara no se ve bien cuando la arruga. No tiene credibilidad con sus hermosos ojos azules y su rubia cabellera—. Es tu viejo «amigo», a quien conociste bajo el nombre de Cronin. Él está matando niños en una comunidad rural, cerca de tu último escondite; estuviste tan cerca de él y no te percataste.

La ropa que recién me vestía se desgarra al trasformarme de nuevo y correr al sur, escucho a Daleth desearme buena suerte.


Cronin, ese viejo embustero. Hace siglos que prometí matarlo…

...

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Si mi corazón fuera arrancado de mi pecho...