lunes, 18 de julio de 2011

The Ilithiologist (8): Recuerdos

The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
 2milX, Gusama

The Ilithiologist (El Ilitiólogo): personajes, nombres, ilustraciones, logotipos, isotipos, imagotipos, historias, diálogos, el relato, así como sus características y toda indicia relacionada son, a menos que se indique lo contrario, propiedad de Gusama Romero. Se permite compartir, copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente la obra sin fines de lucro; debiendo reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor. No se permite la alteración, transformación ni obras derivadas sin consentimiento previo. Las historias, personajes e incidentes son ficticios por lo que cualquier parentesco con la realidad es meramente coincidental o simulado. Los personajes por su carácter imaginario no son ni humanos, ni dioses, ni hombres, ni mujeres, no tienen edad ni cualquier otro atributo; sólo son efigies de ello, por lo que su comportamiento e ideología no corresponden a la realidad ni pueden ser condicionados a ella. Advertencia: El contenido puede ser perturbador para cierto público sensible por lo que se recomienda discreción y amplio criterio. Hecho en Hiperbórea. 


The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
Capítulo 8: Recuerdos
Por Gusama:

Tomo mi forma humana, mi piel y cabello lucen más claros que de costumbre debido al tiempo que pasé en el norte; así que camino los últimos kilómetros bajo la luz del sol para mejorar mi bronceado.

Recuerdo a un hombre, a una mujer, a un monstruo, un homicidio, una venganza. El pasado cuando tomé el amor haciéndolo mío y cuando este murió me destruí mil veces.

Me detengo en casas y tiendas robando ropa y provisiones, le quito su celular a un conductor, él apenas recibe daño.

Le llamo a mi terapeuta:

—He recordado cuando me desconecté de mis emociones y comencé a actuar las de los otros. Lo hice para protegerme de mi verdadero sentir.

—¿Cuál es ése? —contesta tras reconocerme.

—Odio, un profundo odio.

—El odio es un conjunto de emociones y pensamientos, ¿logras identificarlos?

—Ira, impotencia, frustración, sed de venganza, por las cosas que pasaron que no debieron ser.

—Esas son tus verdaderas emociones, no la de los demás. El odio es tuyo porque lo has creado tú mismo al creer irracionalmente que el pasado no debió ser como fue, pero esa es la realidad. Al igual que dices aumentar los estados emocionales de otros, aumentas tu propio estado con ideas tendenciosas e ilógicas, ¿reconoces cuáles son esas creencias?

—Que sólo la venganza me traerá paz —suspiro, allí está, esa respuesta que buscaba, ese alivio—. Pero no, es mentira, ¿significa entonces que aumento mi sufrimiento con mis pensamientos?

—La venganza es un intento tardío e inútil de solución que pretende de manera casi mágica anular con un acto de violencia un daño que te hicieron hace ya tiempo. Pero el tiempo es irreversible. Al pensar así sólo logras hacerte daño.

—Mi deseo de venganza es la exageración de mi tristeza y mi enojo —reflexiono, reconozco, me curo—. Siento y sufro e intento escapar de la sensación, pero no lo consigo, aun con mi evasión duele, sigue doliendo.

»El daño a ese niño llamado Pedro que intentó matar al lobo sin conseguirlo y fue devorado, convirtiéndose a sí mismo en uno —hablo más para mí, visualizando imaginen borrosas de mi infancia; asimismo, abusando de la metáfora.

»Sé que falté a mi última sesión. ¿Hay manera de que podamos reunirnos de nuevo? Hay cosas que aún tengo que trabajar.

—Nos vemos en tu día habitual, este viernes, dentro de dos días; si requieres algo más no dudes en llamarme.

—Nos vemos. Gracias.

Cuelgo y sin notarlo llego al pueblo, noto el sufrimiento de los padres y su llanto por sus hijos desaparecidos. Pienso en la sangre de los niños que claman desde la tierra. Pero no las actúo. Esta vez soy yo contra la bestia.

Los vecinos se reúnen, comentan que los recién llegados de la capital, los reporteros, están desaparecidos.

Entre ellos distingo a un hombre maduro, de cabello cano, complexión delgada, tez morena; ataviado cual cliché de profesor de universidad, de intelectual, con gafas y bastón de abuelito. Rememoro que lo he visto antes, hace años en Londres; es un viejo conocido, el célebre Dr. Hacksaw. Una vez casi me convence de que los hombres-lobo no existen (y puede ser verdad, porque el que busco es un inhumano).

Me mira, me reconoce, se sorprende. Por fin se acerca y saluda:

—Sylvester Peterson, ¿qué hace aquí? (luce tan joven) —si no es porque lo menciona, no recordaría que alguna vez usé ese nombre.

—Dr. Luis, me sorprende verle aquí —de hecho sí, una emoción personal más que vuelve—. Sigo la pista de un «demonio» local —lo conocí hace años en una conferencia de demonología, él piensa que soy maestro en ciencias ocultas.

—No has cambiado nada muchacho —se inquieta ante mi longevidad.

—Alimentación, ejercicio y cirugías plásticas es mi secreto —obviamente miento—. Pero si preguntan es gracias a mi dominio en las artes místicas —bromeo en un tono de camaradería—. Supongo que viene aquí por la misma causa que yo: cazar a un monstruo.

Volteo a mirar el bosque y me lo repito una vez más: esta vez soy yo contra la bestia, no es por venganza sino por justicia.

...

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Si mi corazón fuera arrancado de mi pecho...