The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
Ⓐ 2milX, Gusama
The Ilithiologist (El Ilitiólogo): personajes, nombres, ilustraciones, logotipos, isotipos, imagotipos, historias, diálogos, el relato, así como sus características y toda indicia relacionada son, a menos que se indique lo contrario, propiedad de Gusama Romero. Se permite compartir, copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente la obra sin fines de lucro; debiendo reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor. No se permite la alteración, transformación ni obras derivadas sin consentimiento previo. Las historias, personajes e incidentes son ficticios por lo que cualquier parentesco con la realidad es meramente coincidental o simulado. Los personajes por su carácter imaginario no son ni humanos, ni dioses, ni hombres, ni mujeres, no tienen edad ni cualquier otro atributo; sólo son efigies de ello, por lo que su comportamiento e ideología no corresponden a la realidad ni pueden ser condicionados a ella. Advertencia: El contenido puede ser perturbador para cierto público sensible por lo que se recomienda discreción y amplio criterio. Hecho en Hiperbórea.
The Ilithiologist (El Ilitiólogo)
Capítulo 2: Terapia
Por Gusama:
Aquél era un sillón incómodo, no dejaba de preguntarme cuántas personas insanas se habían sentado allí.
El terapeuta me miró y habló con voz amable; su aspecto era el de un erudito con un mal corte de cabello, no muy formal, lo suficiente para recordarme quién era el especialista del cuarto:
—Entonces, ¿qué ocurrió?
¡Ja!, ¿yo en terapia? Un monstruo en tratamiento. ¿Será que me humanizo o será que quiero recuperar eso que perdí y que no estoy seguro de haber tenido?
Miré al sujeto, me cuestioné qué hay en él, cuál es su sentimiento. Escuché su pregunta y dudé, quise hablar pero algo me lo impedía, esa emoción profundamente guardada detrás de la fachada de profesional. Vi su gesto epistemofílico y tragué saliva, sentí un nudo en la garganta, me faltaba el aire, sudé. Detrás de toda esa supuesta seguridad se escondía un hombre ansioso.
—Me la comí —por fin solté; tuve ganas de llorar, sentí culpa, una enorme culpa.
—¿A qué te refieres?, ¿lo dices en sentido figurado?
—Ella me dijo: «¡Te atrapé!, ¿dónde está tu dominio sobre los instintos y los deseos?»; «¡Ja —contesté—, esto no tiene que ver con moralidad sino con la necesidad!» Nos fuimos a la cama, su olor era intenso y su pasión me consumió, me alimenté de ella y mi fervor aumentó tanto. Convertí su deseo en mío y lo maximicé y ya no pude controlarme…
—¿Notas cómo responsabilizas a otros por tus acciones? —interrumpió.
—Ya se lo había explicado, percibo el pesar de otros, me comunico y me comporto conforme a ese sentir. Es la emoción de los otros, no la mía.
—¿Sabes qué es lo que estoy sintiendo en este momento?
—Sí… tiene miedo, detrás de su imagen de seguridad se esconde un profundo temor a fallar. Le asusta equivocarse, errar y dañar y que lo dejen solo.
—¿En qué te fijas para inferir eso?, ¿qué hay en mí que te da esa imagen?
Temblé, mi corazón latía con fuerza:
—Usted perdió a alguien… —susurré—. Y fue su culpa, vive con el miedo de perder de nuevo, usted es débil y cobarde.
Sentí un dolor en mi cuello, mis ojos querían salirse de sus cuencas, mi cuerpo estaba tenso, mis puños se cerraron. Grité:
—¡Usted siente ira!
…De pronto nada, no había emoción, me sentí en paz, una infinita tranquilidad:
—¿Cómo lo hizo?, ¿cómo se relajó?
—De alguna forma has aprendido a reconocer cambios emocionales en otros mediante la observación de pequeñas señales. Los entiendes, los haces tuyos y los aumentas. No puedo aceptar que sea el otro quien te «contagia» un estado, si fuera así, sería recíproco, con igual intensidad; no mayor. Quien lo aumenta eres tú mismo.
—¿Puede enseñarme a relajarme?, porque ahora usted no me trasmite nada.
—¿Y qué quedó detrás de esa nada?
—Quien aumenta los estados emocionales. Quedó el verdadero yo, quien está soy yo mismo… ¿Usted puede enseñarme a ser yo mismo?
…
El terapeuta me miró y habló con voz amable; su aspecto era el de un erudito con un mal corte de cabello, no muy formal, lo suficiente para recordarme quién era el especialista del cuarto:
—Entonces, ¿qué ocurrió?
¡Ja!, ¿yo en terapia? Un monstruo en tratamiento. ¿Será que me humanizo o será que quiero recuperar eso que perdí y que no estoy seguro de haber tenido?
Miré al sujeto, me cuestioné qué hay en él, cuál es su sentimiento. Escuché su pregunta y dudé, quise hablar pero algo me lo impedía, esa emoción profundamente guardada detrás de la fachada de profesional. Vi su gesto epistemofílico y tragué saliva, sentí un nudo en la garganta, me faltaba el aire, sudé. Detrás de toda esa supuesta seguridad se escondía un hombre ansioso.
—Me la comí —por fin solté; tuve ganas de llorar, sentí culpa, una enorme culpa.
—¿A qué te refieres?, ¿lo dices en sentido figurado?
—Ella me dijo: «¡Te atrapé!, ¿dónde está tu dominio sobre los instintos y los deseos?»; «¡Ja —contesté—, esto no tiene que ver con moralidad sino con la necesidad!» Nos fuimos a la cama, su olor era intenso y su pasión me consumió, me alimenté de ella y mi fervor aumentó tanto. Convertí su deseo en mío y lo maximicé y ya no pude controlarme…
—¿Notas cómo responsabilizas a otros por tus acciones? —interrumpió.
—Ya se lo había explicado, percibo el pesar de otros, me comunico y me comporto conforme a ese sentir. Es la emoción de los otros, no la mía.
—¿Sabes qué es lo que estoy sintiendo en este momento?
—Sí… tiene miedo, detrás de su imagen de seguridad se esconde un profundo temor a fallar. Le asusta equivocarse, errar y dañar y que lo dejen solo.
—¿En qué te fijas para inferir eso?, ¿qué hay en mí que te da esa imagen?
Temblé, mi corazón latía con fuerza:
—Usted perdió a alguien… —susurré—. Y fue su culpa, vive con el miedo de perder de nuevo, usted es débil y cobarde.
Sentí un dolor en mi cuello, mis ojos querían salirse de sus cuencas, mi cuerpo estaba tenso, mis puños se cerraron. Grité:
—¡Usted siente ira!
…De pronto nada, no había emoción, me sentí en paz, una infinita tranquilidad:
—¿Cómo lo hizo?, ¿cómo se relajó?
—De alguna forma has aprendido a reconocer cambios emocionales en otros mediante la observación de pequeñas señales. Los entiendes, los haces tuyos y los aumentas. No puedo aceptar que sea el otro quien te «contagia» un estado, si fuera así, sería recíproco, con igual intensidad; no mayor. Quien lo aumenta eres tú mismo.
—¿Puede enseñarme a relajarme?, porque ahora usted no me trasmite nada.
—¿Y qué quedó detrás de esa nada?
—Quien aumenta los estados emocionales. Quedó el verdadero yo, quien está soy yo mismo… ¿Usted puede enseñarme a ser yo mismo?
…
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